Barbarito Diez. El imperturbable rey del danzón.
Nació en Bolondrón,
provincia de Matanzas en 1909. A los
cuatro años de edad su familia se trasladó a vivir al central Manatí en la
antigua provincia de Oriente. A los 21 años, en 1930, se radica en La Habana y
forma un trío junto a Graciano Gómez e Isaac Oviedo. En 1935 entra en la
Orquesta de Antonio María Romeu con la que permanece gran parte de su vida y
que al final toma el nombre de Orquesta de Barbarito Diez.
De raza negra,
alto, siempre vestía impecablemente de traje, y ejecutaba sus canciones con
seriedad, ambos brazos a los lados, sin sonreír, pero sus ojos, al igual que su
voz, trasmitían pasión, amor, belleza.
Su nombre está
ligado para siempre a la historia del Danzón, aunque muchos de sus éxitos
fueron canciones compuestas por grandes trovadores de la época.
Cantó junto a
grandes figuras como María Teresa Vera, Paulina Alvarez y otros grandes del son
y del danzón.
Tenía un gran
público en Cuba como en el extranjero. Los cubanos lo adoraban y cuando se
anunciaba en algún lugar un baile con Barbarito Diez, el lugar se llenaba de
público que iba a bailar y disfrutar de su música.
Han existido muchos
cantantes del danzón, pero como Barbarito Diez, ninguno. Mi abuela decía que
cantaba casi sin abrir la boca. Canciones como “Ausencia”, “Esas sí son cubanas”,
“Las Perlas de tu boca”, “La Rosa Roja”, “En el tronco de un árbol” y muchas
más.
Al final de sus días fue a residir al Manatí de
su infancia, donde recibió el cariño y la admiración de su pueblo.
Dondequiera que se
oiga una canción suya, todos repetimos “Ese es Barbarito Diez”. Es una voz
única, con su sello propio. El caballero elegante que nunca necesitó de nada
más que su voz y sus ojos para deleitar y muchas veces hacer llorar al público
cubano.
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